miércoles, 20 de septiembre de 2017


Estos colibríes que son mis ojos,
estas manzanas perdidas dentro de mi vientre,
este amanecer mío que se nubla a medida
que la carretera dobla y se acaban las ventanas,
ese cuerpo que falla, ese cerebro que renquea
mientras fuera la ciudad brilla a champán y nectarina…

¡Cómo crece el cementerio
de todos los hombres que pude ser y no he sido!
¡Tantas ideas perdidas, tantos trenes sin dueño,
y este corazón solo máscara
de otro corazón herido y olvidado!!!

Ay de mí
y de todas las líneas de llegada,
blancas o rojas, de dragones siempre llenas.
Ay de mí
y de todos mis sueños sin musgo,
como geranios frescos vencidos por el petróleo.


miércoles, 13 de septiembre de 2017


Así piensa el tigre del escritor. Todo me ha sido dado, incluso la mierda y el cardo de la mierda, para que la manipule hasta convertirla en oro. No tengo voluntad: convertiré esa rémora en un adelante. No tengo sentido de pertenencia: convertiré esa falta de raíces en mi raíz más fuerte. No tengo empatía con la gente: convertiré esa carencia en una flecha que asuste al futuro.



La nación es cosmopolita hacia dentro y nacionalista hacia fuera: gracias a ella los de Villasur y Villanorte, que llevaban siglos enfrentados, asumen su condición de compatriotas y cesan de batallar entre ellos. Pero esa paz interior se logra a costa de guerras exteriores, pues ahora los de Villasur y Villanorte, con sus nuevos colores españoles, dirigen su inquina contra los franceses, los ingleses o los turcos. ¿Qué es por tanto pasar de aldea a nación sino cambiar el punto de mira de la agresividad?


martes, 12 de septiembre de 2017


Esa necesidad de que nuestros enemigos sean todo lo malos que nos gustaría que fueran es el colmo de la falta de ética ¿pero no es cierto que nos sentimos mejor cuanto más execrables parecen nuestros queridos odiados?



Tres cambios ideológicos en mi vida. El primero, a los veinte años, cuando dejo de ser nacionalista vasco. El segundo, a los treinta, cuando empiezo a ser antinacionalista y antipatriota radical. Y el último, operado en los tres últimos años, cuando dejo de creer en el pueblo. Sí. Ya no creo en él. El pueblo es xenófobo. Las clases bajas ven al inmigrante como la valla que se interpone en su aspiración a clase media y cambian su voto de izquierda a ultraderecha en cuanto ven una patera. Los movimientos racistas no surgen de arriba sino al contrario: los de arriba incluso tratan de frenarlos porque necesitan inmigrantes como mano de obra barata y porque prefieren una sociedad domesticada, sin espacio para un debate que puede acabar en conflicto. Es la puta gente la que es racista, la que ha echado la culpa de la crisis a los inmigrantes, la que se ha inventado eso de “que aprendan nuestra cultura”. Sí, la cultura. Ahora salen con eso. Los que solo consumen el Marca y la telebasura.



En Público, Elena Cabrera dice ante las elecciones en Noruega: “La pregunta que se hacen hoy los votantes ya no es ¿me siento de derechas o de izquierdas? En cada urna resuena el eco de una pregunta más peligrosa: ¿estoy con el inmigrante o contra él?”.



Nunca había leído tebeos de Mortadelo y Filemón escritos en este siglo, y una vez leídos, a pesar de la genialidad habitual del dibujante, encuentro algo que me desagrada: Ibáñez sigue viendo a los españoles en la línea de Larra o Berlanga, esa línea que los presenta como jaraneros, vagos, chapuzas, individualistas y disparatados, la misma que hizo escribir a George Orwell, en su Homenaje a Cataluña, que a Franco le sería imposible instaurar en España un régimen como el de Hitler “porque los españoles no tienen ni la disciplina ni el sentido de la obediencia que se requieren para ello”. Esa línea-tópico le dio muy buenos resultados a Ibáñez en los años ochenta, porque probablemente aún mantenía un asidero con la realidad, pero sucede que ya no. Los españoles ya no son así. España, a partir de los 90, comenzó a ser un país receptor de inmigrantes y dejó de recibir los fondos de cohesión de la UE. Hasta llegó a superar la renta per cápita de Italia (no sé cómo anda ahora) y le faltó un pelo para superar la de Francia. Nada de país disparate: España ha sido aplastada y absorbida por el supercapitalismo. Es ya un país solvente como solo hay doce o quince. Solvente, quiero decir: uniforme, plano, tedioso, mediocre.



El triunfo invisible de los ideales humanistas. Es muy divertido escuchar a los derechistas actuales, en sus arremetidas contra el Islam, decir que “cuando los musulmanes se apoderen de Europa, prohibirán a las mujeres llevar minifalda”. ¡Como si el derecho a llevar minifalda lo hubieran traído ellos! ¡Como si no nos acordáramos de que todavía hace un siglo estos derechistas europeos no permitían a las mujeres enseñar ni el tobillo! Este tipo de reaccionarios que defienden sin saberlo ideales abiertos no son nada infrecuentes: quizá un derechista no sea más que un tipo al que le faltan cincuenta años para hacerse humanista…


jueves, 7 de septiembre de 2017


Se da por hecho, si recibiéramos un mensaje del espacio exterior, que procedería de una civilización más desarrollada que podría destruirnos, pero ese pensamiento cuenta con dos inconvenientes. Olvida que esa civilización, precisamente por más desarrollada, no debería desear destruirnos. Y olvida también que esa civilización quizá no disponga de nuestro poderío militar porque se dedicó a progresar en los segmentos de verdad esenciales. Me imagino a los extraterrestres huyendo aterrorizados al descubrir nuestra agresividad esencial: “¡Nos hemos encontrado con unos seres subdesarrollados que no han descubierto aún la vacuna contra el cáncer, pero cuentan con drones, cazas invisibles y bombas atómicas!”.


domingo, 30 de julio de 2017


El símbolo como problema. El ser humano más encantador del mundo no puede influir más allá de las 400 personas que le rodean: para superar ese círculo y dominar multitudes o vastos espacios geográficos necesita crear símbolos/vínculos artificiales que unan a personas que no imaginaban que estuvieran unidas. No es casual que los símbolos escogidos más comunes hayan sido el águila, el cóndor, el lobo, el oso, el tigre o el león, símbolos de fuerza y majestad que revelan su vocación agresiva, el tú-eres-esto-y-por-tanto-tienes-que-hacer-esto. No se elige para dominar un dedal, un gorrión, una margarita. No se crea un símbolo vinculante sin intención depredadora. Ese símbolo ansía convertirse en sentido común, un sentido común de borrachos para el que nos necesita a todos borrachos... ⇒¡y pobre de ti si aún continúas sobrio!!


domingo, 9 de julio de 2017


Publicabas poemas malos y eras feliz sin saber que eran malos, pero fue adquirir conciencia artística y llegar la catástrofe: a partir de entonces empezaste a reconocer de inmediato que tu poema era malo, que muchos de tus poemas antiguos también eran malos, y te vino a la cabeza la ocurrencia de escribirlos en adelante solo buenos, con lo que apareció el bloqueo y tu producción empezó a enflaquecer al mismo ritmo que tu ánimo se atristaba. Solo años después te diste cuenta de que escribías mayor número de poemas decentes cuando te importaba cero escribirlos malos, y entonces te vino la idea quizá no del todo estúpida de que los poemas malos son tan necesarios como los buenos. Tanto que ahora te gusta decir: “Este poema tuyo es tan bueno que no quiero ni imaginarme el número de poemas malos que te habrá costado”.


miércoles, 7 de junio de 2017


Quién sabe
dónde empiezan tus labios y acaban los míos,
cuáles son las líneas de mis manos o las tuyas,
qué parte de nuestros dos cuerpos fundidos
hace una hora nos pertenecía.



Post-maya. ¿Por qué una persona acaba completamente sola? No siempre por falta de empatía o falta de aceite con los más cercanos, sino por algo de catalejo más largo, la repetición incesante de los mismos problemas, el encuentro tedioso con nuevos rostros que son los mismos rostros resignados, el conformismo circundante, el asco de estar encerrado en una especie sin margen que no es capaz de volar salvo en la literatura. Siempre he sentido como los mayas la necesidad de quemar mi ciudad y marcharme a otra, pero ahora que todas las ciudades son iguales ¿en qué ciudad podría salvarme salvo en una que fuera metafísica?


martes, 2 de mayo de 2017


Leer / contraleer. Hasta el libro que más libertad permite a los lectores mantiene una relación autoritaria y vertical con el lector, con el riesgo de que ese libro haga de verdugo y el lector se convierta en su víctima, pues deja que el cimentado propio muera bajo el hacha de una influencia ajena. Por eso vengo insistiendo en que no hay que esforzarse por leer sino por contraleer: hay que considerar a nuestra ignorancia como un valor que no vamos a entregar al primero que nos venga con una sabiduría cualquiera; tenemos que recibir cada página con tortas y puñetazos hasta que nos demuestre que la belleza o conocimiento que nos propone se dirige a lo más central de nosotros. El tipo de lectura-a-favor incita tanto al gregarismo que la lectura-en-contra se hace necesaria para crear personas libres que se enfrenten a los planes de estudio que padecemos, nefastos porque se olvidan del alumno particular y se dirigen con intención homogeneizadora al alumno general, de forma que se establecen asignaturas obligatorias y se imponen unos libros que, previamente convertidos por los guardianes de la interpretación en “obras maestras”, sublimidades de prestigio inobjetable, deben servir para todos y deben gustar: la calidad de un profesor se mide por el número de alumnos a los que ha convencido para que les gusten esos libros. Y no, señores míos: los libros no deben gustar y son malos profesores los que tratan de conseguirlo. Es justo lo contrario: debes luchar para que cada libro no te guste, para que no te invada y te manipule, debes tratar a las obras maestras como obras siniestras y solo debes rendirte ante ellas cuando te hayan demostrado que sus páginas habían nacido para ti, que los pensamientos o bellezas tuyas que solo intuías, que vivían en ti solo en embrión, gracias a esos libros han adquirido su materialización más acabada.


martes, 18 de abril de 2017

EL HIJO DE PUSKAS: Los de Bilbao no valen para nada


Amancio era un jubilado que vivía en Goikomendi, un caserío situado en el pequeño monte que separa la parte alta de la parte baja de Lauros, y era un hombre enorme que solía hablar con voz muy gruesa y casi siempre a gritos, por más que lo estuvieras escuchando a dos metros de distancia, aunque acostumbraba a bajar la voz para decir frases profundas tipo la vida es una trampa, los gatos y las moscas viven mejor que nosotros, los que mandan son meros monaguillos, el verdadero poder se oculta debajo de la alfombra, etc. Como a los catorce años comencé a aficionarme a caminar por los montes de Lauros llevando un libro o una pequeña radio cassette, de vez en cuando pasaba por su caserío y hablaba con él. Para Amancio todo lo bueno que había en el mundo era de Lauros:

—¿Qué música vienes escuchando, Astobieta?
—U2, un grupo de rock.
—¿Y de dónde son?
—Irlandeses.
—Bah, si le das una guitarra a cada laurotarra, te salen dos docenas como esos.

Decía Amancio que Arzalluz era un gran político, sí, pero porque había estudiado en Alemania; que Arguiñano era un gran cocinero, también, pero porque había podido viajar para conocer la cocina francesa; que Perurena era un gran harrijasotzaile, claro, pero porque contaba con técnicos que le llenaban de plomo el interior de las piedras: la razón de que algunos vascos se hubieran convertido en celebridades se debía siempre a que disfrutaban de ventajas o tecnologías de las que carecíamos los de Lauros. En cuanto a los extranjeros, para Amancio eran pura propaganda:

—¿Qué te parece ese Maradona, Basterrechea?
—Un fenómeno.
—¿Un fenómeno? ¡Si está todo el rato tirado en el suelo! ¡No vale para nada!

Esta superioridad de los laurotarras sobre el resto no era un pensamiento que le hubiera surgido a humo de pajas, no, sino algo sobre lo que había reflexionado mucho y podía demostrar matemáticamente, como me solía decir. En estas demostraciones era muy expresivo:

—Y ese jugador que tanto te gusta, ese Maradona…, ¿tú crees que sabrá ordeñar vacas?
—¿Ordeñar vacas? No lo sé, no creo.
—¡Ya me lo has dicho todo, Basterrechea! ¡Valiente futbolista si no sabe ordeñar una vaca! ¡Para ser futbolista hay que endurecerse y saber sufrir! ¡Sufrir!

Y repetía “sufrir” tantas veces y haciendo tal intensidad en la efe que yo tenía que retroceder unos metros para que no me alcanzara su saliva. Había que tener mucho cuidado con las efes de Amancio si no querías acabar duchado, y mucho más cuando hablaba de “los de Bilbao”, que eran por encima de los extranjeros el principal objeto de sus iras. Amancio acusaba a los bilbaínos de ser enclenques, falsos e inútiles, “todo fachada”, incapaces de sufrir lo más mínimo, y aunque era un hombre bondadosísimo y muy generoso, con los vapores del vino tinto se volvía violento verbalmente y comenzaba a desearles todo tipo de catástrofes, lo mismo guerras que galernas o tormentas de nieve, deseos que a mí no me parecían demasiado prudentes, porque en el caso de que una galerna o una tormenta de nieve asolara Bilbao, había muchas posibilidades de que también asolara Lauros, que estaba a tan solo veinte kilómetros.

—¿Sabes lo que pasaría si mañana le prendo fuego a los Eroski, Pryka y El Cortes Inglés? —me preguntaba.
—No —respondía yo.
—¡Pues que vienen todos los de Bilbao de rodillas a pedirnos comida! ¡Eso es lo que pasa! ¡De rodillas! ¡Hasta te dan su coche a cambio de un kilo de alubias! ¡Para eso sirven los de Bilbao! ¡Para nada!

Este resentimiento contra los de Bilbao era muy común entre los laurotarras y pueblos rurales de los alrededores. También mi padre hablaba mal de los de Bilbao. Y mi tío Hilario. Nunca supe las razones reales de esta animosidad, pero siempre pensé que respondía al hecho de que Bilbao era ese lugar donde había drogadictos, prostitutas, accionistas, personas que no creían en Dios o gentes que votaban a partidos españoles, esto es, todo aquello que la mayoría de laurotarras consideraba el MAL en mayúsculas. Cuando mi vecina Josefa quería ir de compras a la capital enviaba a sus hijas, porque ella no se atrevía:

—El de Bilbao nos huele. Sabe que somos aldeanos y nos engañan.

Pero a ninguno vi con un resentimiento tan grande y razonado como el de Amancio. Y tampoco conocí a otro que considerara que ser de Lauros fuera más importante que ser vasco. Este pensamiento le podría haber metido en alguna polémica, pero era difícil discutir con alguien que pesaba 120 kilos y hablaba con una voz tan gruesa. Su presencia era tan intimidatoria que la única persona que se le enfrentaba e incluso se mofaba de él era su propia mujer, Petra, una mujer muy delgada con la que hacía una pareja graciosísima. Petra solía arruinar todas las historias de Amancio:

—No sé si sabes, Basterrechea, que de joven fui un cazador de categoría —me decía Amancio.
—¡De categoría bajo cero! —interrumpía Petra—. ¡Tú solo eres un sinsorgo!
—Yo —trataba de continuar Amancio— maté una vez cincuenta y seis avefrías de dos disparos. ¡Cincuenta y seis!
—¡Estarían borrachas! —terciaba Petra—. ¡Fanfarrón!
—Cuando yo era cazador —concluía Amancio— en este caserío no se gastó ni una peseta en la carnicería.
—¡Porque solo hay dinero para tu vino apestoso! —contraatacaba Petra—. ¡Borracho! ¡Gandul!

Era una pareja tremenda. Llevaban cuarenta años juntos y todos decían que desde recién casados siempre habían estado así, continuamente discutiendo, aunque en realidad la única que discutía era Petra, porque Amancio seguía con su monólogo y solo se refería a ella cuando se iba, momento en que soltaba una gran carcajada y decía:

—La mejor mujer de Lauros es la mía, de eso no cabe ninguna duda.

A Amancio le cogí una gran estima porque me trataba como a un adulto y me hacía reflexionar mucho a pesar de todas sus exageraciones y ombliguismos. Me recuerdo volviendo a Astobieta enardecido, pensando que Amancio tenía razón y quizá en Lauros hubiera habido también un Mozart o un Picasso o una Maria Callas que no pudieron desarrollarse por falta de medios. Pensar en eso me entristecía, pero a la vez me alegraba que aquello estuviera cambiando. Sí, hacía cuatro años que nos habían puesto una carretera de dos carriles. Y nos estaban instalando agua corriente. Y quizá antes de que yo cumpliera veinte años ya contaríamos con teléfono, o nos pondrían autobús, o quizá tren. Sí, concluía yo, soñador como soy, ahora Lauros está creciendo y si me apetece ser Mozart, podré ser Mozart. Y además siempre contaré con la ventaja de haberme curtido en las labores de campo, las mejores para aprender a soportar el sufrimiento, como me solía subrayar Amancio, aquel hombre gigantesco siempre dispuesto a reivindicar Lauros:

—¿Qué libro vienes leyendo, Basterrechea?
El hombre que ríe, de Victor Hugo.
—¿Y de dónde es ese escritor?
—Francés.
—Bah, si los de Lauros nos ponemos a escribir, sacamos veinte o treinta como ese.



viernes, 14 de abril de 2017

EL HIJO DE PUSKAS: Hasta las vacas duermen mejor si hay varón en el caserío


–Iratxe, tengo que contarte una cosa.
–Dime.
–Que me visto de mujer.
–¿Cómo que te vistes de mujer?
–Pues que me visto de mujer.
–¿Pero en carnavales o así, por fetichismo?
–No, porque lo necesito.
–¿Cómo que lo necesitas?

A los diez años de edad me sucedió por vez primera uno de los escándalos de mi vida, motivo entonces de vergüenza y delicia a partes iguales: yo, que soy el único hombre entre tres hermanas y llevaba metida en la almendra de mi cerebro que debía ser el tabique y búfalo de mi familia; yo, educado para macho férreo y perfecto de Astobieta y gloria masculina de los Basterrechea, de pronto me levanté de la cama y, como poseído por el trueno, fui al armario de mis hermanas, saqué una falda roja y me la puse.

–Pero…, ¿tus hermanas y tu madre no te pillaron nunca?
–No lo sé, Iratxe, espero que no.

Así comenzó mi historia de travesti o la necesidad que tenía de vestirme de mujer con una periodicidad casi exacta de una vez cada mes, como si mi cuerpo llevara un reloj biológico que estableciera el momento en que el hombre que soy deja paso a la mujer que también forma parte de mí. Me sucedía entonces que acudía al armario de mis hermanas, convertido ahora en mi cofre del tesoro, e iba probándome sus ropas mientras me miraba al espejo y componía posturas glamourosas vistas en las actrices o modelos más despampanantes, tipo Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Monica Bellucci o Kim Bassinger, con una excitación creciente que terminaba en una o varias masturbaciones. Pero una vez que me había masturbado venía lo malo: entonces regresaba de inmediato mi hombre, que ya no era el de antes sino un hombre avergonzado y culpable. Acudían con el dedo acusador todos mis años de educación supercatólica y mundo ultramachista, de modo que me ponía a imaginar los ceños fruncidos de mis familiares, sobre todo el de ellas, pues eran mujeres las únicas personas que se preocupaban por mí en Lauros y habían sido sobre todo mis tías las que desde muy pequeño me habían recalcado que yo tenía la misión de "extender el apellido Basterrechea”, pues mis hijos lo llevarían en primera posición y los de mis hermanas no. Acudía a mí sobre todo una frase-martinete de mi tía Casilda, que me solía llevar a un lugar aparte para subrayarme lo importante de que hubiera “al menos un hombre” en Astobieta:

–Alberto, hasta las vacas duermen mejor si hay varón en el caserío.

Aquellas mis primeras andanzas de travesti terminaban siempre en un martilleo de autoflagelaciones: ¿Qué estás haciendo, Alberto? ¿Por qué te vistes de mujer? ¿Es que eres gay? ¿Y por qué entonces solo te gustan las chicas? ¿O es que crees que te gustan las chicas pero te estás engañando y cedes al qué dirán? Con este tipo de sospechas sobre mí mismo me mantuve en vilo hasta los dieciocho o diecinueve años, cuando por casualidad leí unas líneas que me calmaron mucho. Por aquel entonces había empezado a aficionarme a las columnas de Francisco Umbral en el diario El Mundo, hasta el punto de que acudía a la hemeroteca de la universidad para fotocopiar sus artículos, y un día descubrí una entrevista que el propio Umbral le hacía a Camilo José Cela. En ella Cela hablaba de los travestís o travestistas, que así los llamaba él, y le decía algo como esto:

–Pero cuidado, Paco, que existen muchos travestís heterosexuales. Napoleón Bonaparte fue uno de ellos, por ejemplo.

Aquello me animó mucho: ¿cómo que Napoleón fue travesti? Hasta entonces yo daba por hecho que los travestis solo podían ser homosexuales y ni siquiera sabía la diferencia entre un travesti y un transexual. Pero aquella buena noticia empequeñeció ante otra mucho mejor: Iratxe no le daba ninguna importancia a mi travestismo. Incluso le divertía:

–¿Pero cómo consigues caminar sin caerte con unos tacones de aguja de doce centímetros?
–Nunca dudes de mi talento, Iratxe.

Cuando llegué a Madrid pude leer libros o artículos en Internet sobre el tema y descubrí que existían muchos casos como el mío en todo el mundo, casos de hombres con doble identidad que necesitan vestirse de mujer de vez en cuando, con frecuencias dispares y características distintas en cada caso, aunque los expertos no se ponían de acuerdo: mientras la mayoría de los expertos cristianos o conservadores consideran que padecemos una enfermedad mental y que lo nuestro linda con la homosexualidad, los progresistas sostienen que es una inclinación natural y que entra dentro de la heterosexualidad. Hasta he leído que somos un tercer sexo. Pero lo más asombroso es que todos coinciden en señalar un rasgo común: la mayoría de los travestis tuvieron un padre ausente o muerto o con el que se llevaban mal de pequeños. O sea como yo. Hasta en esto tenía que aparecer mi padre.

–¿Pero por qué dices que no lo haces queriendo?
–Porque no lo hago, Iratxe. Es otra persona la que se apodera de mí. Otra persona que también soy yo, pero no la persona que está hablando ahora contigo.

Es un caso de doble identidad. Cada vez que me llega la furia travesti mi cuerpo se endurece y mi mente cambia hasta el extremo de que me siento verdaderamente una diva, una mujer bellísima y glamourosa, cuando lo que realmente está sucediendo, por mucho que con los años y la práctica haya mejorado en mis transformismos, es que soy un hombre disfrazado de mujer, un tipo que no sabe pintarse ni depilarse ni vestirse de mujer, que va con una peluca de quince euros comprada en los chinos, con la nuez en el cuello de un hombre, los hombros anchos de un hombre, las piernas y los brazos que tengo yo, y lo feo que soy. También me ocurre que me infantilizo y tremendizo: cada vez que salgo a la calle me gusta acudir a peluquerías femeninas, tiendas de ropa o bares regentados por mujeres, y cuando entablo conversación con ellas suelo contar unas historias increíbles, todas rocambolescas y falsas, solo por el placer de escandalizarlas o hacerlas reír.

–¿Pero disfrutas cuando estás vestido de mujer?
–Claro que disfruto, Iratxe, porque cuando me travisto y salgo a la calle me da igual la opinión del resto. Normas, costumbres y conveniencias se van al cubo de la basura y me convierto en un ser fuera de la sociedad. Y siento el placer de sentir mi cuerpo.
–¿Tu cuerpo?
–Sí. Cuando me siento hombre no me fijo en cómo camino ni en cómo pongo las manos ni en los gestos que hago. En cambio, apenas me pinto los labios o me pongo unos tacones, mi cuerpo se enciende, se vuelve rítmico y puedo sentir hasta el último poro de mi piel.

Recuerdo cómo rechazaba durante los primeros años estas inclinaciones mías, hasta el extremo de tirar la ropa y jurarme en vano no volverlo a hacerlo nunca más. ¡Todo el mundo me estaba exigiendo que fuera un macho alfa y yo travistiéndome! Por otra parte, nunca había conocido en Lauros o en los alrededores a ninguna persona que fuera homosexual o lesbiana, mucho menos travesti, detalle éste que me hace pensar ahora en la falta de libertad del lugar en el que pasé los treinta primeros años de mi vida, y empecé a creer que yo era el colmo de la degeneración.

–Eso de que no hayas conocido un solo gay en los caseríos no me lo creo, Alberto.
–Te lo juro, Iratxe, haberlos claro que los habrá, pero yo no he conocido ninguno ni como rumor. La propia palabra “maricón” no existe, o al menos yo jamás se la he oído decir a ningún aldeano, eso es algo de ciudad que en Lauros ni siquiera se concibe.

En Lauros todo estaba diseñado para señalar las diferencias entre los hombres y las mujeres. Mi padre y yo hacíamos los trabajos de fuerza (cortar la hierba, ordeñar las vacas, sacar la basura de la cuadra, arreglar los grifos, cavar los surcos con la azada) y mi madre y mis hermanas hacían los de casa (lavar la ropa, planchar, cocinar, limpiar, hacer las camas). En la ermita de San Miguel, los hombres y las mujeres se sentaban en bancos separados, las mujeres a la izquierda, los hombres a la derecha, para recibir misa, y en mi colegio de Larrondo no solo nos sentábamos por separado en las aulas sino que había patio de chicos y de chicas para que jugáramos aislados. Incluso cuando comencé a jugar a campo-quemado en mi colegio, deporte estrictamente femenino, aprovechando que me permitían permanecer las mañanas de invierno en el patio de chicas, que era el único que tenía un hall con calefacción, a las chicas les pareció muy bien al principio, pero cuando gané la medalla de oro en el Día de la Familia a algunas ya no les gustó tanto e hicieron triunfar una reclamación ante el jurado:

–Alberto Basterrechea, pase a devolver la medalla de oro que ha logrado en campo-quemado, porque es un deporte que no le corresponde.

Afortunadamente con ninguna de las cinco mujeres con las que he salido en mi vida he tenido problemas con este asunto, que me parece pertinente contarles desde el minuto uno, y este detalle me ha ayudado a aceptar y defender mi parte femenina, de forma que al llegar a Madrid, además de ponerme neorrabioso, que es mi nombre de gato, me puse también Batania, que es mi nombre de gata. Digo afortunadamente porque, según lo que he leído durante estos años, siguen dándose casos en el mundo de esposas que después de diez años casadas descubren a sus maridos vestidos de mujer y piden de inmediato el divorcio; padres que sorprenden a sus hijos travistiéndose y los golpean; madres que los llevan al psiquiatra o los ponen en vigilancia, o curas que les lanzan el rayo de la palabra pecado, cuando la realidad testaruda es que el niño que ha comenzado a travestirse con diez u once años, si tiene el mismo caso que yo, por más que le pegues con un bate de béisbol o le pongas a un agente de la Gestapo, va a seguir travistiéndose con la frecuencia que necesite al menos hasta los cuarenta, edad a la que comenzará a desaparecerle esa inclinación con el mismo misterio que le llegó. Habrá algunos de esos niños travestis que serán transexuales, otros homosexuales y otros (la mayoría, de hecho) heterosexuales. Ahora me es fácil decir esto porque ya he aprendido que las dicotomías hombre/mujer o heterosexual/homosexual, planteadas como cajas cerradas, a la manera de pobre del que se meta un solo centímetro en la otra caja, constituyen una de las mayores aberraciones de nuestra sociedad, un engaño gigantesco fabricado por los fanáticos y mediocres de siempre para destruir a las personas diferentes, entre las que se encuentran algunas de las que cuentan con más energía, imaginación y curiosidad. Pero entonces no. Entonces no lo sabía y ansiaba ser a toda costa el macho-macho que se me pedía. Y enseguida me venía a la cabeza como un reproche la frase de las vacas de mi tía Casilda.

Sucedió además una coincidencia muy curiosa. Justo cuando comencé a travestirme, allá por el año 1984, se anunció que España iba a entrar en el Mercado Común europeo y la empresa láctea RAM, cuyo camión llegaba todos los días a Astobieta, notificó que a partir de enero de 1986 ya no iba a recoger la leche de los caseríos que produjeran menos de cien litros, pues así lo obligaban las nuevas directrices comunitarias. Entonces mi padre empezó a plantearse quitar las vacas, como finalmente sucedió, porque cada vez les costaba más llegar a esa cifra de leche. Mi padre decía siempre que las vacas eran los animales más sensibles que existen, capaces de dar cinco o seis litros menos de un día para otro solo por “un pequeño disgusto”, y por eso me pedía de continuo que no las golpeara con el palo. Y yo, diez años por entonces, comencé a hacerme un lío tremendo entre mi reciente travestismo, la entrada de España en el Mercado Común, la sensibilidad de las vacas y la frase de mi tía Casilda, todo ello junto, y empecé a pensar que nuestras vacas no daban leche suficiente porque ya no dormían bien, las vacas de nuestro caserío habían empezado a desvelarse y hasta sufrían pesadillas porque el único hijo varón de Nicasio, el llamado a ser la leyenda macho de Astobieta, andaba revolviendo en los armarios para probarse las faldas de sus hermanas.


martes, 4 de abril de 2017


Grandes / Sontag. Leo consternado esta reflexión de Almudena Grandes, ayer, en El País: “El cine de un país, como su literatura, su teatro o su música, resulta una herramienta esencial para consolidar una identidad nacional. Y si hace falta algo en España, ahora mismo, son esa clase de herramientas, si de algo estamos huérfanos los españoles del siglo XXI es de señas de identidad”. Cuánto mejor me parece esta reflexión de Susan Sontag, en la revista La Règle du Jeu, en 1997: “Una de las tareas de los intelectuales es hacer frente a los que piensan que la educación y la cultura consiste en la grabación de ideas («ideales») como el amor a la nación o a la tribu”.


jueves, 9 de marzo de 2017


Fuera yo capaz
de amarte en picado
sin quererte mía;
fuera solo un peine
que pasa por tu pelo
y no lo retiene.



Comprendí al fin
que la guerra hiere
pero la paz socava;
que la vida es una tarántula
pero la soledad un fracaso;
la vida un árbol sin naranjas
pero la soledad un túnel que da
a otro túnel que da a un sótano
de libros mudos y demasiados.


miércoles, 8 de marzo de 2017


Sobre el miedo a los escritores. Napoleón se rodeó de matemáticos y físicos, pero alejó de su círculo cercano a los humanistas, a los que consideraba unos buscarruidos. Fidel Castro se quejó de que le enviaran a Jorge Edwards como encargado de negocios de la embajada chilena en Cuba: “¿Por qué me tienen que enviar a un escritor?”. Menos miedo tuvieron los godos que asolaron Grecia, según cuenta Montaigne en sus Ensayos, que dejaron intactas las bibliotecas para que los griegos siguieran ejercitándose en ocupaciones que juzgaban inútiles y afeminadas.