jueves, 9 de marzo de 2017


Fuera yo capaz
de amarte en picado
sin quererte mía;
fuera solo un peine
que pasa por tu pelo
y no lo retiene.



Comprendí al fin
que la guerra hiere
pero la paz socava;
que la vida es una tarántula
pero la soledad un fracaso;
la vida un árbol sin naranjas
pero la soledad un túnel que da
a otro túnel que da a un sótano
de libros mudos y demasiados.


miércoles, 8 de marzo de 2017


Sobre el miedo a los escritores. Napoleón se rodeó de matemáticos y físicos, pero alejó de su círculo cercano a los humanistas, a los que consideraba unos buscaproblemas. Fidel Castro se quejó de que le enviaran a Jorge Edwards como encargado de negocios de la embajada chilena en Cuba: “¿Por qué me tienen que enviar a un escritor?”. Menos miedo tuvieron los godos que asolaron Grecia, según cuenta Montaigne en sus Ensayos, que dejaron intactas las bibliotecas para que los griegos siguieran ejercitándose en ocupaciones que juzgaban inútiles y afeminadas.



Sobre la antidemocracia de las mayorías. Quien gana con el 51% de los votos no tiene derecho a imponer su voluntad al resto, mucho menos a desarrollar un aparato normativo que vaya minando al 49% hasta desaparecerlo. Las minorías no quieren concesiones graciosas sino que se les dé con justicia lo que representan. “Fulano no se mereció más que la parte más pequeña de la tarta”, bien, de acuerdo, pero dásela. ¡Lo que no puede ser es que el tipo que se mereció el 51% se quede con la tarta entera!



La mayoría de la humanidad ha vivido y vive de forma no histórica; la mayoría no piensa ni sueña ni se da cuenta de las cosas; la mayoría utiliza un lenguaje de trescientas palabras para transmitir funciones estrictamente prácticas; la mayoría no puede hacer planes con respecto al futuro y, sin embargo, cada vez que algún cráneo privilegiado de la cultura quiere explicar lo que nos diferencia a los seres humanos de los animales, nos dice que nosotros pensamos, nosotros soñamos, conocemos la historia, nos damos cuenta de las cosas, manejamos un lenguaje complejo, tomamos previsiones de cara al futuro, etc, a todo lo cual solo tengo que decir: JA-JA-JA.



Que yo quiero un amor palíndromo
que pueda leerse del fin al principio
y no un amor que empiece sediento
y acabe saciado,
no un amor que empiece venciendo
y acabe vencido,
no un amor que empiece arrasando
y acabe arrasado.


viernes, 3 de marzo de 2017

EL HIJO DE PUSKAS: Porque te amo tanto no quiero cambiarte (y II)


Todo parecía marchar con música de violines la primera vez que Iratxe llegó a Astobieta, la noche en que fui la piel y hueso de los comentarios de mi familia por la razón de que era la primera novia que se me conocía, mira qué guapa es, qué callado se lo tenía, etc., y ya nos encontrábamos en los postres tras una velada algodona en que Iratxe se había mostrado todo lo formal que realmente era, cuando, a cuenta de no sé qué miga de tontería o rabo de lagartija que le dije, de pronto se metió con lentitud los dedos en su melena, indicio indudable de que iba a comportarse todo lo informal que también era, y soltó con su habitual chulería, delante de mi padre, delante de mi madre, delante de mis hermanas:

–Ten cuidado, que he visto demasiadas pollas en mi vida para ser una mujer honrada.

Iratxe era tigretruena, tiburona, demasiada, como una extraña abeja que hubiera desarrollado aguijones de repuesto, pero también podía ser todo lo contrario. Era capaz de caminar por la calle Hurtado de Amézaga de Bilbao, borracha perdida, mientras iba rompiendo a patadas todos los retrovisores de los coches que iba encontrando, y, en cambio, justo una semana después, cuando el profesor de Sociología de la Universidad de Leioa nos comunicaba que secundaría la huelga de la jornada siguiente, ante la algarabía de todos nosotros, siempre deseosos de librarnos de las clases, esa misma chica levantaba la mano y, después de hacer hueco en los pulmones, le decía muy firme delante de toda la clase:

–Usted sabrá lo que hace. Yo he pagado mi matrícula para recibir clases y mañana voy a estar aquí para que cumpla con su responsabilidad.

Ya desde el primer año me sorprendió la facilidad con que me insultaba o me deseaba la muerte cuando nos enfadábamos, que era muy a menudo y casi siempre por tonterías, pero igual de sorprendente era su intensidad a la hora de quererme. No llevábamos ni tres meses viviendo juntos cuando me la encontré en casa llorando sin ninguna razón aparente, episodio que solía repetirse tres o cuatro veces cada año, y al preguntarle por la razón de sus lágrimas, me respondió que tenía miedo de que me muriera antes que ella.

–Pero Iratxe –le consolaba yo–, soy joven y no estoy enfermo ni trabajo en nada peligroso. No entiendo por qué me iba a morir de repente.
–Ya lo sé, pero da igual. Si soy yo la que se muere antes, sé que tú vas a poder continuar, pero si eres tú el que se muere antes, yo no voy a poder.

Tenía tanto miedo a mi muerte prematura que para calmarla le conté el mito griego de Filemón y Baucis, aquellos dos ancianos que, cuando Zeus les concedió un deseo, desdeñaron cualquier riqueza y solo pidieron morir juntos. Y ella se entusiasmó tanto con este mito que enseguida repartimos los papeles, ella Baucis y yo Filemón, y comenzamos a bromear sobre este asunto. Si veíamos por la tele que algún Boeing siniestraba y no había supervivientes, lamentábamos inmediatamente no haber ido en ese avión, y lo mismo no haber estado en el Challenger cuando estalló o en las Torres Gemelas el día que se cayeron. Pero las mejores de estas atrocidades eran las que fantaseábamos por la calle:

–Iratxe, a que no tienes ovarios para tirarte conmigo desde este puente.
–A que sí.
–Vale. Pero primero vamos a tomarnos unas cañas para celebrarlo.
–Vamos.

Ella fue la primera persona a la que pude contar mi vida en todos sus detalles, sin ningún secreto, pues hasta entonces nunca tuve un amigo y la relación con mis hermanas era de mucha lejanía. Castrado emocional como fui hasta entonces, siempre asustado ante todo, Iratxe fue la que me hizo descubrir y extender mi yo. Empecé a contarle cosas mías con mucho miedo, pero, viendo que no me rechazaba sino que le encantaba mi mundo interior, empecé a gustarme detallándole y hasta exagerándole mis defectos, o entrando en terrenos negros de mi biografía como el alcoholismo de mi padre, el día en que le pegué a mi madre, o el rechazo que nos hacía el Partido en Lauros. También ella fue la primera persona a la que le conté que soy travesti ocasional desde los diez años de edad y, aunque nunca le permití que me viera vestido de mujer, ella solía ir a la parte B de mi armario, allí donde guardo mi ropa de travesti, y se empezaba a reír ante lo que llamaba “mi pésimo gusto al elegir ropa de mujer” o, ya desternillada de la risa, volvía a la sala con alguno de mis zapatos de tacón y, con ellos en alto, me decía:

–¡Pero Alberto, vamos a ver!!! ¿Eres capaz de salir a la calle subido aquí? ¡Joder, que yo me caigo y me rompo todos los piños si camino tres pasos con esto!

Con ella descubrí el sexo. Hasta entonces me había ido pasando con la masturbación, pues en Lauros no había chicas de mi edad, no teníamos autobús y por tanto no podía ir a Mungia, que era el lugar donde iban de fiesta los jóvenes de los alrededores. Aparte de esto, había sufrido una educación ultracatólica de miedo a los cuerpos desnudos y asco por el acto sexual, que me parecía algo sórdido. Pero con el descubrimiento del sexo vino lo más escandaloso: ¡éramos exhibicionistas! Nos encantaba hacerlo en cualquier sitio, en la calle, en las plazas, en los bares, sin importar la gente e incluso deseando que la hubiera. Recuerdo nuestros primeros tres años como una locura de lágrimas, alcohol y semen, saliendo con la Nissan Vanette de mis padres por la autopista A-8, arriesgando nuestras vidas, desnudos y borrachos y totalmente locos:

–¿A que no tienes lo que hay que tener para lanzar la Vanette contra la mediana? –me gritaba en broma.
–No, Iratxe, que igual nos quedamos solo parapléjicos.
–¡Cobarde! ¡Eres un puto gallina!

Pero ya empezaban los primeros problemas graves entre nosotros, porque ella era como una tormenta dentro de la tormenta, y yo tampoco tengo paciencia para nada. A la mínima me insultaba, o me dejaba porque decía que no le hacía ni caso, o incluso nos abandonábamos en plena madrugada sin preguntar al otro si tenía dinero para un taxi, o llevaba las llaves de casa, o nada. Y en las discusiones yo soy un bicho de muy mala ralea, de esos a quienes enseguida les sale la prepotencia y se convierten en seres muy repelentes, como el día en que le dije con una naranja en la mano:

–¿Ves esta naranja, Iratxe? Aquí está la diferencia que hay entre tú y yo. Dentro de esta naranja yo puedo ver submarinos, metralletas, gatos persas o bolígrafos de colores ¿entiendes? Tú, en cambio, solo puedes ver pulpa de naranja. De nada te ha servido tener padres perfectos, idiomas, clases particulares, una vida regalada y la comida en la boca, porque solo puedes ver pulpa de naranja. ¡Yo veo dentro lo que me da la gana porque soy un creador, tú en cambio solo puedes ver pulpa de naranja!
–¡Ojalá te mueras! –me contestaba ella–, ¡O-ja-lá-te-mue-ras! ¿Ves esta carita que te está hablando? ¡Mírala bien y memorízala, porque hoy es el último día que la vas a ver!

Era una mujer que gritaba de una manera tan aguda que cada uno de sus gritos se te metía dentro del cuerpo y no lo sacabas hasta segundos más tarde, gritos tan penetrantes que parece todavía más asombroso que jamás le viera con ronquera en los diecisiete años que pasé con ella. Tampoco pedía perdón jamás por nada, salvo las veces que se las ingeniaba para hacerlo de forma conjunta:

–Alberto, esto se tiene que acabar. Los dos sabemos que somos la persona más importante en la vida del otro y tenemos que controlarnos. No deberíamos desearnos la muerte jamás.
–Ah, eso sí que no, Iratxe. Yo jamás te he deseado la muerte, eso lo haces tú.
–¡Ya empiezas, Alberto! ¡El asunto no es quién lo haya hecho, el asunto es que no deberíamos hacerlo nunca más, ni tú ni yo!

Mi padre la adoraba. Participante hasta entonces del estereotipo de que “los de Bilbao” eran vagos y ultrafinos, se quedaba pasmado ante la laboriosidad de Iratxe, que venía a Astobieta y me ayudaba a atar tomates, plantar puerros, sembrar patatas o cualquier otra tarea. En cuanto al “defecto” del que se le acusaba, el de su mal genio, a mi padre le parecía virtud:

–Una mujer tiene que ser así. Si no tiene temperamento, mejor una vaca.

En Madrid comenzó a dejarme con más continuidad, pero necesitó hacerlo nueve veces para lograr su objetivo. Y no es que me dejara en broma sino muy en serio, al punto de que en una ocasión se fue a vivir durante siete meses a Carabanchel Bajo, pero cada vez que nos veíamos notaba enseguida que seguía imperando sobre ella, que seguía “poniéndole” físicamente, y en cambio la última vez que me dejó supe que era la definitiva porque me trataba con una lejanía física y frialdad desconocidas. Ya no había nada que hacer. Ella quería ser mi amiga y que siguiéramos viéndonos, pero a mí eso me parecía imposible. ¿Yo amigo de Iratxe? ¿Después de una relación de pólvora, comenzar una de fogueo? Como le dije que había decidido no volver a verla nunca más, hizo algo muy propio de su carácter: me envió un mensaje de correo con una sola palabra, “HIJODEPUTA”. Esa fue la última noticia que tuve de ella.

Todavía hoy, siete años después, me gusta abrir el portátil y buscar en mi correo ese mensaje, HIJODEPUTA, y ponerlo a cuerpo gigante en la pantalla mientras abro una botella de vino. Y me lo paso muy bien bebiendo mientras voy recordándola, porque ya no me amargo como antes por haberla perdido, sino que me alegro de haber pasado con ella diecisiete años. Qué mujer, de verdad, es que con ella los dioses rompieron todos los moldes. Hasta me atrevo a decir que toda esta calamidad que es el ser humano, con sus guerras, saqueos y destrucciones, queda justificada si es capaz de producir ejemplares como ella. Era pura verdad, pura naturalidad y pura intensidad en todo lo que hacía. Era una mujer pasmosa. 

–¿Ves aquella apisonadora, Alberto?
–Sí.
–¿A que no tienes cojones, después de las cañas, a poner conmigo tu cabecita debajo de ella?
–A que sí.


lunes, 27 de febrero de 2017


Necesité dos modestias
para curarme
de cada jactancia,
diez derrotas
por cada victoria,
cien soledades
por cada compañía.


sábado, 25 de febrero de 2017


Te amo,
qué dos palabras,
que dos balazos de seda a tu rostro crujiente
mientras vacilan las charnelas de las puertas,
te amo y no importa que sea febrero,
te amo y qué escarabajo en tus ojos,
te amo y qué aceite de cremalleras.


viernes, 24 de febrero de 2017


Como cualquiera
yo también me sentí cinotauro y pegaso de mis impares,
valiente de una sola cuchara, única rama de los finisterres,
con tres manos para la navaja y siete para el sueño,

y sentí que el sufrimiento solo yo lo sufría a puente destruido,
que en mí los alfileres se clavaban con una punta más intensa,
como si mi cuerpo fuera un hangar de radares y retrovisores;

pensé que mi padre era olímpico;
que mi mente un stromboli de leones;
que las mujeres que amé
una prímula más altas,

como si no conociera esa ley
que ordena a lo recto sentirse oblicuo
y al blanco mirarse amarillo:
también en eso tardé en darme cuenta
lo mismo que cualquiera.


jueves, 23 de febrero de 2017


Si pudieras correr siempre,
maldito hermano del viento,
si te fuera imposible detenerte,
ahora que sabes que el despacio
te encierra en la tristeza,
si pudieras ser ligero como un trébol
o como una ele trazada a lápiz,
vivir sordo y subterráneo,
implacable en tu ceguera,
sin desmayar nunca
en tu odio a la realidad.


martes, 31 de enero de 2017

Ocho meteoros


Ya es la sexta vez que destruyo este blog. Pero llevaba cinco años sin hacerlo, qué mayor prueba de mi decadencia.

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Cuántas veces he pensado, la botella de vino casi terminada, que si yo fuera un verdadero tigre que supiera dirigirse directamente hacia su presa y no este hombre de broma que soy; si yo supiera sopesar las situaciones o pararme más de un minuto seguido en el mismo tema, en lugar de paladear todos los manjares y visitar frívolamente todas las mesas, ¡entonces qué gran escritor sería yo! ¡entonces sí que deberíais compraros unos ojos nuevos para leer mis engendros, ahora transformados en prodigios de hondura y delicadeza! Pero poco después pienso justamente lo contrario: en realidad, si yo hubiera sido esa persona solvente, seguro que habría dedicado mi vida a algún objetivo y no a la literatura, que es la ocupación de los que odiamos los objetivos. Quién que sirva para la vida se iba a refugiar dentro de las palabras…

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He empezado a escribir un diario por hacer caso a Goethe, que decía que no respetaba al hombre que no llevaba uno. Y entre otras cosas voy anotando todas las pajas que me hago cada día, ahora que he bajado de dos dígitos por primera vez en treinta años. El martes siete, el miércoles cinco, el jueves seis, el viernes tres, dios mío solo TRES. Si consigo limitar mis masturbaciones a solo tres al día, no quiero hacerme ilusiones, pero quizá empiece a ser una persona con futuro: quizá mi cuerpo me permita vivir por primera vez.

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Me he apuntado a un grupo que trabaja contra la xenofobia y una de las actividades es visitar los CIEs para consolar a los presos. Y ya estoy nervioso, porque en mi vida he servido yo para consolar a nadie. Cada vez que alguien se ha puesto a llorar en mi presencia, me quedo rígido. No sé qué hacer. Me encantaría ponerme a llorar yo, si es que supiera.

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Siempre he tenido una objeción esencial contra la vida: mi cuerpo. La pesadilla de mi cuerpo. Siempre me he sentido como un búfalo aprisionado dentro de una pelota de tenis.

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De la desgracia Trump al menos podemos celebrar que sea un machista y xenófobo de tal cutrerío y sal gorda que va a conseguir reactivar todos los ideales humanistas, hoy devaluados. Existen machistas inteligentes y xenófobos con cultura, personas que podrían hacer verdadero daño, pero no es el caso.

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Mi otra gran objeción contra la vida es mi cerebro, esa máquina vocinglera, incoherente y tumultuosa, pero a mi cerebro lo sobrellevo mejor con la técnica de repetirme muchas veces no te hagas caso, Batania, pasa de ti, Batania, déjate en paz.

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Y no me habléis del blog sacrificado, por favor. Era un blog infantil (ni siquiera el blog de un niño).